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La Dra. María Josefa Sarriá de Lucas nos ha dejado. Probablemente muchos no sabrán a quien me estoy refiriendo. De hecho en La Paz, el hospital en el que desarrolló la mayor parte de su carrera profesional, pocos la reconocerán por su verdadero nombre. Aquí, en el Servicio de ORL de La Paz era Pepa. Para los más antiguos, probablemente Maripepa. Y en el hospital, su nombre era sinónimo de otoenurología.

Pepa era otorrinolaringóloga, pero desde el primer momento de su estancia en La Paz decidió que le gustaba la otoneurología y no quería dedicarse a otra cosa. En aquel entonces la otoneurología era muy diferente a la que practicamos en la actualidad. El equipamiento tecnológico se limitaba a un sillón rotatorio, un electronistagmógrafo de dos canales, unas gafas de Frenzel y un tambor de nistagmo optocinético que mi padre había construido con un tambor de jabón de lavadora sobre el que había distribuido trazos blancos y negros alternativos y que hacíamos girar con unos hilos de nylon trenzados. Que quede claro que funcionaba de maravilla…

Pues bien, con semejante derroche de tecnología Pepa era capaz de diagnosticar una oftalmoplejia internuclear con la misma facilidad con la que podía detectar un Ménière, un vértigo posicional paroxístico o una esclerosis múltiple. En aquella época preRNM los diagnósticos, más neuro que otológicos, había que hacerlos en función de la historia clínica y los limitados hallazgos exploratorios. Maripepa se lo sabía todo.

Con el paso del tiempo Pepa fue nombrada Jefa de Sección y se dedicó a pasar sus conocimientos a todos aquellos que quisieran adquirirlos. Por su consulta pasaron muchos otorrinolaringólogos nacionales, así como un buen número de neurólogos de aquella época. Y todos terminaban encantados con su trato, su enseñanza y su impresionante conocimiento del mundo de la otoneurología.

Pepa era poco amiga de las publicaciones y de las presentaciones ante aforos concurridos. Era tímida y no le gustaba hablar en público. De eso se encargaban otros miembros del Servicio. Ella era como la hormiga incansable que veía paciente tras paciente, resolviendo todo cuanto estaba en su mano, y enseñando con paciencia infinita a todo aquel que tenía la suerte de estar sentado en la silla que había junto a la suya. Yo tuve la suerte de ocupar esa silla en muchas ocasiones y aprender de ella todo cuanto fui capaz de aprender. Yo tenía límites. Ella parecía no tenerlos…

Su lealtad y capacidad de trabajo en equipo eran otra de sus virtudes. Durante muchos años trabajo codo con codo con mi padre. Y cuando él se jubiló y yo accedí a la Jefatura de Servicio, siguió demostrando la misma capacidad de trabajo y la misma lealtad. Jamás me faltó su apoyo incondicional y su espíritu crítico. Era una persona comprometida, con un claro sentido de responsabilidad y fue para mi un pilar fundamental durante todos los años que seguimos trabajando juntos.

Y un día se fue del hospital a su querida tierra gaditana y comenzó una etapa nueva de su vida. Fue una de esas personas que saben dejar de hacer lo que han venido haciendo durante un buen número de años y empezar a hacer otra cosa distinta sin pena ni añoranza. Capaz de disfrutar de su familia sin volver la vista atrás. Mirando siempre adelante y encontrando en ese camino nuevas metas e ilusiones. Que pena que el destino no quisiera dejarla seguir en ese camino…

Se ha ido una persona íntegra. Una mujer valiente. Una madre y abuela ejemplar. Una compañera de trabajo excepcional. Se ha ido la persona que más supo de otoneurología en su momento. Pero eso para ella nunca tuvo mas valor que la posibilidad de mejorar la vida de aquellos pacientes que tuvieron la suerte de cruzarse en su camino.

Se ha ido Pepa, Maripepa. Descanse en paz.

Javier Gavilán

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