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E. entró en Beirut como soldado del ejército israelí en uno de los complejos episodios de finales del siglo pasado en esta zona caliente del mundo. Su compañia, asentada en el aeropuerto, mantenía conversaciones con los líderes Chiís. A uno de ellos le acompañaba uno de sus hijos, un jóven rubio y corpulento de ojos claros, Amerk-monk. Al final la negociación se torció (una vez más) después de las matanzas de Sabrá y Chatilá, lodos de la matanza de Damour, y esta de la de Karantina… y odio sobre odio.

Años después del episodio de Beirut, y teniendo ya ambos la vida hecha en Madrid se reencontraron casualmente como médico y paciente. Rammal, del Libano, no es un apellido tan común. Y luego han sido muchos años como compañeros de trabajo en el hospital, y un sincero y profundo aprecio entre el … chií y el … judío, como siempre bromeaban.

Amer Rammal, compañero y amigo, nos ha dejado hoy, víctima de esta lotería macabra que es la pandemia que tenemos encima. Despúes de mucho pelear la vida, después de muchos años ya de ejercicio como otorrinolaríngólogo, querido y apreciado sin fisuras por absolutamente todos los que han trabajado con él, este ha sido el último e inesperado giro de la vida.

Amer decía siempre que nunca le gustó la Medicina. Que estudió Medicina por complacer a su padre. Que nunca le gustó mientras estudiaba y que empezó a apreciarla después. Revisen por favor el desgastado concepto de vocación y aprecien sin embargo sus múltiples matices y sus tiempos. Aunque bromeaba con los más íntimos con que “no sabía nada”, era Médico en el más pleno de los sentidos. Profundamente apreciado por sus pacientes, le faltaban horas en el día para atender a sus compromisos profesionales pero siempre encontraba tiempo para dedicarles. Era uno de esos médicos a los que muchos pacientes visitaban para hablar. Suena anacrónico en estos tiempo de superespecialización y obsesión por la eficiencia, pero refleja una parte de la esencia de ser Médico que no podemos permitirnos perder. Y no obstante todos los que hemos trabajado con él sabemos que era extremadamente eficiente. O resolutivo si queremos utlizar un término más prosaico, que sin embargo pone de relieve una de las grandes virtudes de nuestra especialidad: solucionamos problemas. En ocasiones no muy graves pero que sin duda mejoran la vida de la gente.

Y a Amer le gustaba hacer que la gente viviera mejor. Muy libanés y muy árabe en todo, como dicen cariñosamente los que más le querían. Muy amigo de sus amigos. Maniático y a la vez caótico, mal perdedor en las cartas, con espíritu de negociante pero con proyectos descabellados. Le gustaba vivir bien y que todo el mundo a su alrededor, la gente a la que quería, viviera bien. Siempre decía que hubiera vuelto al Líbano, pero que quería lo mejor para su familia, para sus hijos, y volver no era la mejor opción. Así que se quedó aquí y nos regaló su trabajo y su amistad.

Conocí a Amer Rammal cuando llegué al hospital en junio de 2017. Esto es casi ayer y probablemente soy de las personas menos indicadas para redactar este texto. Pero Amer lo hacía todo muy fácil. En estos últimos meses tan difíciles que todos hemos pasado me enorgullece la profesionalidad y la valentía de todos los compañeros que he tenido a mi lado. Todos hemos tenido nuestros temores, al principo por el no saber, y después por el no saber lo suficiente. Amer parecía tener un cierto presentimiento, que yo atribuí a otra forma de ver la vida. Pero si había que ir a la UCI o hacer una traqueo allí estaba el primero, disponible, como siempre lo había estado. Todos hemos compartido experiencias intensas en nuestra carrera profesional, pero el sudor y la fatiga del momento de retirarse el EPI son difícilmente superables. Así que me quedo con esos momentos compartidos, amigo, de satisfacción del deber cumplido. Entiendo que en realidad estas ocasiones eran posiblemente de las menos peligrosas de nuestro trabajo como otorrinolaringólogos en estos tiempos difíciles. Y sí, nos protegíamos, claro, pero en algún momento fallamos. No sábes con que obsesión he buscado en el recuerdo cual pudo ser ese momento, y por qué tú.

Has dejado un dolor inmenso en tantos corazones… y un vacío irremplazable. Sí, fuiste una luz que hizo el mundo un poco mejor. Y ahora sí, quizás, puedas volver. Nos acordaremos si algún día tomamos allí un té, al estilo del Sur.

E. es una de las personas que más ha llorado a Amer. Les quedó una cita pendiente, allí, en aquella parte del mundo donde todo es tan complejo, pero a la vez podría ser tan simple entre los de uno y otro lado. Este era el plan, “si vamos allí este verano, nos vemos en la frontera”.

Te echaremos de menos, amigo. Nos vemos en la frontera.

Dr. Jose Granell