Es rara la vez en la que nos gusta oír nuestra voz o somos capaces de reconocerla en una grabación. Esto tiene una explicación fisiológica, pero el que no nos guste también cuenta con un componente psicológico.

“No reconocemos nuestra voz cuando la oímos en una grabación porque sólo la oímos por la vía aérea. Cuando escuchamos de forma normal lo hacemos por vía aérea y por vía ósea”, explica el doctor Luis Lassaletta, presidente de la comisión de Otología de la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (SEORL-CCC).

Las ondas sonoras son recogidas por el pabellón auditivo y hacen vibrar la membrana del tímpano, transmitiendo la onda a la cadena de huesecillos. Estos a su vez hacen vibrar los líquidos del oído interno o cóclea, donde se encuentran las células ciliadas encargas de transmitir la información a través del nervio auditivo hasta el cerebro. Además, también hay una transmisión del sonido a través del cráneo, dónde está alojado el hueso del oído, directamente hasta la cóclea u oído interno, lo cual se puede experimentar tapándonos los oídos. “Si sales a la calle por muy bien que te tapes los oídos e impidas esa audición aérea, seguimos oyendo, y eso explica la audición por vía ósea”. “Alguien que nos habla fuerte, estimula directamente el hueso y esas vibraciones se transmiten directamente a la cóclea u oído interno”, remarca el doctor Lassaletta.

Así se explica que cuando nosotros escuchamos nuestra propia voz estamos escuchándola de las dos maneras. Por un lado, generamos las ondas sonoras y nos llega por vía aérea, pero en el caso de hablar nosotros mismos también lo percibimos más claro por la vía ósea. “La vía ósea le da una información más grave a nuestra voz, y es la que se pierde cuando la oímos en una grabación, momento que sólo la oiremos por vía aérea. Por ello perdemos esa vía ósea que sólo oímos nosotros”, explica el doctor Lassaletta.