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El tabaquismo es el factor de riesgo más relevante en el desarrollo de cáncer de cabeza y cuello, sobre todo en el de faringe y laringe. El tabaco es la segunda droga más extendida entre los adolescentes de 14 a 18 años según los datos de la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (SEORL-CCC), y la edad de inicio se sitúa en  torno a los 13 años.  Por tanto, es necesario concienciar al público más joven sobre las consecuencias nocivas para su salud, tanto a corto como a  largo plazo.

Para Ana Vicenti, docente del Instituto Mariano José de Larra, los adolescentes son “claramente conscientes de que el tabaco es perjudicial para la salud”, el problema es hacerles ver las consecuencias reales a largo plazo así como en las acciones rutinarias del día a día. “Parte de la mentalidad de un adolescente es no pensar en el futuro demasiado”, sostiene, por lo que, en su opinión, no acaban de tener una concienciación clara, sino superficial. También explica que es difícil saber de forma exacta cuántos de sus alumnos fuman pese a que los docentes realizan una labor de vigilancia para impedir que lo hagan en el interior de los centros, “tenemos que estar al tanto de eso”, afirma la profesora.

Es necesario desmitificar el tabaco

En la actualidad los adolescentes acceden al instituto entre los 11 y los 12 años, dos años antes de lo que marcaba la anterior Ley de Educación de los años 70. Este adelanto pone en contacto a niños con adolescentes de hasta 17 años e incluso más, lo que puede incentivar comportamientos tóxicos de forma más temprana. “Los que se quieren hacer los mayores, lo conseguirán antes”, detalla la docente.

Para Ana, una de las claves para acabar con el inicio precoz del tabaquismo es “desmitificar que fumar tiene algo de guay”. Para conseguirlo es necesario eliminar ese contexto en el que se mueven los jóvenes en el que se valora como algo positivo y de reconocimiento social.  Otro punto importante y positivo a ojos de la profesora para combatir este problema, es la realización de campañas como la de ‘Ponle un cero al tabaco’, iniciada por la SEORL-CCC.

Destaca que este tipo de actuaciones hace que los alumnos “se queden impresionados” al exponerles de forma directa a las consecuencias que puede tener en su salud este hábito nocivo. Así mismo, considera también relevante mostrarles los inconvenientes más cotidianos que les puede ocasionar como, por ejemplo, no poder correr a por el autobús. “No son conscientes de los problemas en el día a día que supone una adición como el tabaco”, sostiene la profesora.

El entorno familiar y educativo, así como el componente genético, influyen en la adicción al tabaco. De hecho, tener padres fumadores también se considera un factor de riesgo y la influencia de la genética  en esta adicción oscila entre un 40% y un 70%, según las últimas investigaciones.

La meta de reducir el consumo de tabaco se puede lograr solo si los nuevos fumadores no se inician en este hábito, según afirma la SEORL-CCC.

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