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Determinados síndromes y patologías que afectan en la edad pediátrica y neonatal conllevan una serie de alteraciones fisiológicas y/o anatómicas que pueden generar disfagia, es decir, dificultad para tragar, u otras alteraciones de la deglución. Estos pacientes necesitan un abordaje multidisciplinar con el objetivo de evaluar, diagnosticar y proporcionar la mejor atención posible al niño. El pediatra u otorrinolaringólogo infantil juega un papel muy destacado, ya que se encargará de manejar y guiar al equipo, así como de implementar las distintas visiones y objetivos del resto de especialistas participantes.

Las causas más frecuentes de trastornos de deglución en los niños pretérmino son las neurológicas y las malformaciones. Mientras que un alto porcentaje de disfagia en los niños entre los 8-18 años es debido a problemas en la vía digestiva. Las causas médicas de la disfagia se dividen en alteraciones neuromusculares, malformaciones anatómicas del tracto aerodigestivo, malformaciones genéticas (defectos congénitos), defectos de la mucosa del tracto oro-faringoesófago-gástrico y otros que afectan a la coordinación de succión-deglución-respiración.

La incidencia de estos trastornos se ha incrementado en los últimos años debido a que han mejorado las tasas de supervivencia de niños con afecciones complejas. Así, se estima una prevalencia del 30-80% de disfagia en niños con trastornos del desarrollo1, y del 19,2-99,0% en niños con parálisis cerebral, unas tasas que aumentan cuanto mayor es la gravedad del deterioro cognitivo y la disminución de las funciones motoras2.

Por otro lado, las probabilidades de tener un problema de alimentación aumentan en cinco veces en niños con trastorno del espectro autista en comparación con los niños que no lo tienen3. Por su parte, en  niños con trastornos craneofaciales se estima una prevalencia de entre el 33% y el 83%4.

La deglución en niños

La deglución es un proceso muy complejo que se divide en tres fases: oral (adquisición del alimento y de succión o masticación), faríngea y esofágica. En  ella  intervienen una serie de nervios craneales que se ocupan de conseguir un resultado óptimo, es decir, una alimentación eficaz y segura en unas condiciones normales. La fase oral de la deglución en los niños se caracteriza por una secuencia repetitiva de succión-deglución sin actividad voluntaria masticatoria. A medida que crecen, los actos reflejos de la masticación se van convirtiendo en voluntarios, aunque los movimientos deglutorios subyacentes siempre quedan bajo el control del tronco encefálico. En el caso de que los reflejos deglutorios propios de la etapa lactante persistan y no se produzca una transición a la fase oral con un control voluntario de la deglución, puede sospecharse la presencia de anomalías en la maduración cortical. También un amamantamiento ineficiente o inefectivo puede ser el resultado de una alteración estructural, motora o conductual.

El paso de los movimientos deglutorios involuntarios o reflejos a voluntarios se consigue a medida que el bebé logra un control postural adecuado de la cabeza y del tronco sin ayuda, así como una mayor fuerza en la musculatura oral y en las mejillas. Esto sucede entre los 3 y 5 meses de edad. Después, y de manera progresiva, su cavidad oral será capaz de hacer cierta manipulación del bolo alimenticio y de realizar su transferencia efectiva hacia la faringe. También los labios serán capaces de sellar la cuchara y podrá tomar purés, lo que suele ocurrir en torno a los 5-7 meses de edad. Poco a poco irá cerrando los labios de forma más eficaz para evitar la fuga de aire y elevará la lengua por completo para conseguir un óptimo traspaso del bolo administrado con cuchara, en torno a los 18-24 meses.

Otro aspecto importante a destacar durante la deglución es su coordinación con la respiración, un proceso complejo en el que se produce la llamada apnea deglutoria debido a que el paso del alimento hacia la faringe provoca un cierre de la laringe y por tanto una inhibición de la respiración. En los niños esta apnea dura menos de un segundo y en adultos aproximadamente un segundo. Durante el primer año de vida esta secuencia de succión-deglución-apnea requiere de un periodo de maduración. Si los períodos de apnea son más prolongados pueden ser un indicativo de inmadurez o signo de alteración en el sistema nervioso central.

Por lo general, los niños que presentan disfagia suelen comer más despacio, babear de forma excesiva, tener dificultades para respirar, tosen mucho o vomitan mientras comen, son más propensos a sufrir atragantamientos y pueden tener a menudo más disfonías, así como una rápida pérdida de peso.

Tratamiento de los niños con disfagia

El tratamiento debe ser individualizado y requiere de un adecuado manejo especializado para evitar problemas respiratorios, nutricionales y del desarrollo. La clave de todo está en detectar la causa subyacente del problema y el objetivo debe ser conseguir una deglución eficaz y segura. El equipo encargado del tratamiento incluirá pediatras, otorrinolaringólogos, gastroenterólogos infantiles, neurólogos, logopedas y nutricionistas.

En el tratamiento de los niños con disfagia es fundamental proporcionar un entorno cómodo, adecuado y sin distracciones para facilitar la alimentación. Así mismo, requiere de una práctica y esfuerzo diarios por parte del paciente y de su cuidador. Una parte del tratamiento incluye la realización de maniobras o ejercicios específicos para cambiar la fisiología de la deglución y mejorar la protección de las vías respiratorias durante la misma. Requiere que el niño tenga capacidad para comprender instrucciones por lo que tienen una eficacia limitada en ellos.

Por otro lado, se incluirán cambios posturales, terapia oral sensiomotora, estimulación oral no nutritiva o modificación del bolo alimenticio utilizando diferentes texturas de alimentos y viscosidades de fluidos.

Referencias

  1. Arvedson, 2008; Brackett, Arvedson y Manno, 2006; Lefton-Greif, 2008; Manikam y Perman, 2000).
  2. (Benfer et al., 2014; Calis et al., 2008; Erkin, Culha, Sumru y Gulsen, 2010).
  3. (Sharp et al., 2013).
  4. (Caron et al., 2015; de Vries et al., 2014; Reid, Kilpatrick y Reilly, 2006).