La Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (SEORL-CCC) define el Síndrome de Apnea Obstructiva del Sueño (SAOS) como la aparición de episodios recurrentes de obstrucción de la vía respiratoria superior de, al menos, 10 segundos de duración –las llamadas apneas– y que se dan durante el sueño. Los hombres son más propensos a padecerla, un 4% frente a solo un 2% de las mujeres. Pero a pesar de ser más frecuente en adultos, los niños no están exentos de esta patología. Es más, se estima que entre un 25 y un 30% de los niños menores de cinco años presentan problemas o alteraciones del sueño de diversa orden, entre ellas la apnea del sueño, según indica la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria.

Son diversas las causas por las que un niño puede sufrir apnea del sueño. Las amígdalas agrandadas o las vegetaciones provocan, en ocasiones, alteraciones en la respiración mientras el pequeño está durmiendo. Pero también puede darse si el menor tiene sobrepeso, una garganta estrecha, una mandíbula pequeña o alguna malformación en el paladar, la lengua o las vías respiratorias.

En los niños, esta afección puede llegar a ser, incluso, más preocupante que en las personas mayores. Al igual que ocurre con los adultos, el hecho de no detectarla pronto puede originar importantes alteraciones en la salud a medio y largo plazo. Entre ellas, problemas cardiopulmonares, respiratorios, inflamatorios o cuadros de somnolencia diurna excesiva. Pero no solo eso, los niños que padecen apnea del sueño pueden sufrir daños en la estructura cerebral y llegar a tener trastornos cognitivos-conductuales que pueden afectar a su capacidad de aprendizaje, al crecimiento o pueden tener alteraciones del comportamiento.

Estos cambios, que afectan al estado general de salud, hacen que el niño tenga que aumentar las visitas al médico. Así, tal y como indica un reciente estudio español publicado en la revista de la SEORL, los niños con apnea del sueño muestran una mayor demanda asistencial, incluso, dos años antes del diagnóstico. Esto puede implicar un deterioro de la salud global, que podría estar presente en el niño con anterioridad a la realización de este análisis. Asimismo, esta investigación también concluye que, tras administrar el tratamiento en el menor, disminuye la demanda de servicios sanitarios, aunque es alta en comparación con los controles hechos en los niños sin patologías, lo que sugiere una enfermedad residual o secuelas en el paciente.

De ahí la importancia de realizar un diagnóstico precoz para comenzar el tratamiento cuanto antes. Para ello, es necesario observar si aparecen los síntomas más frecuentes de la apnea del sueño infantil. Además de las apneas o pausas de respiración de más de 10 segundos de duración durante el sueño –y, como consecuencia de ellas, el niño se despierta varias veces–, la manifestación más clara de padecer esta patología son los ronquidos, pero no son los únicos. También pueden presentar micciones nocturnas, cansancio, irritabilidad durante el día, falta de concentración, sueño inquieto o sudoración, entre otros.

El tratamiento varía en función de la causa de la apnea del sueño. Si esta se produce debido a las amígdalas agrandadas o vegetaciones, la solución pasa por una sencilla intervención quirúrgica. Otro de los tratamientos que existen es el CPAP, un aparato que se utiliza para dormir y que administra, de forma continua, aire a presión por vía nasal a través de una mascarilla. En los casos de niños con obesidad, estos deberán perder peso para ver la evolución de la apnea del sueño. En cualquier caso, lo más importante es acudir al otorrinolaringólogo a la menor sospecha de esta afección, con el fin de que el especialista evalúe cada caso para indicar el mejor tratamiento a seguir.

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