La cirugía videoasistida reduce las cicatrices del tratamiento de cáncer de tiroides

Este jueves 28 de septiembre se celebra el Día Nacional de Cáncer de Tiroides, una enfermedad que afecta al 1% de la población adulta, sobre todo a mujeres, y su incidencia aumenta cada año, según datos de la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (SEORL-CCC). Uno de los problemas con los que se encuentran los otorrinolaringológos a la hora de abordar estos tumores es la mala aceptación de las intervenciones quirúrgicas por parte de los pacientes, a los que les preocupa el tamaño de la cicatriz del cuello. En los últimos años esta dificultad se ha conseguido resolver en algunos centros españoles gracias a la tiroidectomía videoasistida por endoscopio que permite reducir a 2 cm las cicatrices derivadas de la extirpación de la glándula tiroides, según comenta el doctor Mario Fernández, secretario general de la SEORL-CCC.

La técnica convencional y la más utilizada en España se realiza a través de una incisión cervical anterior amplia y de forma abierta, lo que supone unas cicatrices de entre 9 y 10 cm a lo ancho del cuello. Con la cirugía mínimamente invasiva en la que se utiliza endoscopio, la incisión es de entre 1,5 y 2 cm. Un estudio publicado este mes en BMC Cancer ha comparado los resultados estéticos de diferentes técnicas aplicadas en la tiroidectomía y ha observado que la aplicación de principios de cirugía estética en la misma produce buenos resultados. Además, la cirugía mínimamente invasiva mostró menos pérdida de sangre intraoperatoria, menos drenaje y una duración más corta del mismo y una menor longitud de cicatriz.

El videoendoscopio permite a los cirujanos tener un campo de visión más amplio y magnificado lo que aporta una mayor precisión a la hora de identificar este tipo de tumores. En el Tratado de Patología y Cirugía de las Glándulas Tiroides y Paratiroides, editado por SEORL y coordinado por el doctor Fernández, se enumeran sus ventajas: mejor resultado estético, menor dolor postoperatorio, menor estancia hospitalaria y un mejor resultado local.

Otras técnicas que pueden contribuir a minimizar y disimular las cicatrices, y que aún se están analizando, son las incisiones transaxilares a través del robot Da Vinci o el abordaje a través del acceso transoral por el surco gingivolabial. En ese sentido, según una investigación publicada el pasado mes en Annals of Surgical Treatment and Research, la tiroidectomía transroal endoscópica es factible y puede realizarse con seguridad en el tratamiento de microcarcinomas papilares de tiroides, además de ser una opción para los pacientes que no quieren cicatrices visibles en el cuerpo. Así mismo, un trabajo publicado este año en la revista Surgical Endoscopy comprueba como la tiroidectomía robótica es igual de segura que la convencional, se asocia con una pérdida de sangre significativamente menor, un menor nivel de deterioro de la deglución y una mejor satisfacción cosmética.

La tiroidectomía es la base del tratamiento del cáncer de tiroides y en la mayoría de los casos es necesario que sea total para extirpar la glándula tiroidea entera. Si la técnica es meticulosa el resultado será satisfactorio. Es ahí donde tiene un papel muy destacado el otorrinolaringólogo como cirujano de cabeza y cuello, tanto en los casos más simples como en los más complejos. Después de la cirugía, el tratamiento se suele complementar con yodo radioactivo para un buen resultado. Con posterioridad, será preciso la toma diaria de suplemento con hormona tiroidea oral de por vida.

Pérdida de audición, un problema que afecta al 5% de la población mundial

La sordera es un trastorno al que se enfrenta una gran parte de la sociedad. Existen 360 millones de personas en todo el mundo con pérdida de audición discapacitante, lo que equivale al 5% de la población global, tal y como indica la Organización Mundial de la Salud (OMS). De ellos, 32 millones son niños y aproximadamente una tercera parte son mayores de 65 años. Cada año, el último sábado del mes de septiembre se celebra el Día Internacional de las Personas Sordas, una efeméride de carácter reivindicativo para sensibilizar a la sociedad sobre este problema y expresar aquellas demandas en cuestión de derechos.

Según la OMS, se dice que alguien sufre hipoacusia cuando no le es posible oír de la misma manera que una persona  cuyo sentido del oído es normal, es decir, su umbral de audición –el nivel mínimo de un sonido para ser percibido– es igual o superior a 25 decibelios. Esta pérdida puede ser leve (entre 20 y40 dB), moderada o media (entre 41 y 70 dB), grave o severa (entre 71 y 90 dB) y profunda (la pérdida supera los 90 dB y se sitúa entre 91-100 dB).

La aparición de este trastorno se debe, en ocasiones, a causas congénitas, factores hereditarios o no hereditarios, a complicaciones en el embarazo o en el parto, como la rubeola materna o la sífilis, y el uso inadecuado de ciertos medicamentos, entre otros. Asimismo, se da por causas adquiridas, es decir, perder la audición a cualquier edad. Así, infecciones crónicas del oído, enfermedades como la meningitis, el sarampión, el envejecimiento, la obstrucción del conducto auditivo o los traumatismos craneoencefálicos, entre otros, pueden derivar en algún tipo de sordera.

No obstante, uno de los factores determinantes que causan problemas otológicos suele ser el ruido excesivo, ya sea en el entorno laboral o durante actividades de ocio, como el empleo de auriculares a un elevado volumen o la estancia en lugares con música alta durante largos periodos de tiempo. Por ejemplo, soportar más de 85 dB durante ocho horas o 100 dB durante 15 minutos se consideran niveles perjudiciales, y en bares, discotecas o conciertos se alcanzan los 110 decibelios, superando el límite de 65 dB recomendado por la OMS. Es más, este organismo de Naciones Unidas señala que unos 1.100 millones de jóvenes de entre 12 y 35 años se encuentran en riesgo de padecer hipoacusia debido a su exposición al ruido en estos contextos recreativos.

En los niños, el 60% de las sorderas se podrían evitar, sobre todo los relacionados con infecciones. Así, aplicar las vacunas necesarias como la del sarampión, rubeola o meningitis, prescindir del uso de determinados medicamentos o prevenir enfermedades durante el embarazo son claves para no lamentar en el futuro una posible pérdida de audición. En cualquier caso, es importante cuidar y tener una buena higiene, evitar introducir bastoncillos en los oídos, utilizar los auriculares con un volumen bajo –y no abusar tampoco de ellos–, así como reducir el tiempo de exposición a sonidos demasiado altos, o usar tapones o material aislante en caso de no ser posible, por ejemplo, por motivos laborales.

En definitiva, la detección temprana es primordial. Por eso, los otorrinolaringólogos recomiendan acudir al especialista ante cualquier síntoma o problema auditivo (en el vídeo adjunto se indica cuándo). También conviene realizar revisiones de forma regular, sobre todo aquellos que pertenezcan a grupos de riesgo, como personas mayores o quienes están expuestos continuamente a ruidos elevados en el trabajo.

Pautas para prevenir los primeros resfriados del otoño

Pautas para prevenir los primeros resfriados del otoño

El otoño está a la vuelta de la esquina y, con él, los temidos resfriados. La bajada de temperaturas, una mayor humedad en el ambiente y los cambios térmicos repentinos conforman un cóctel que favorece la transmisión de infecciones respiratorias. El resfriado o catarro es, quizá, la más frecuente de las enfermedades entre la población general, y consiste en una infección de origen viral del sistema respiratorio, que produce congestión y dificultad para respirar, dolor de garganta, estornudos o secreciones nasales, entre otros síntomas. Es bastante contagiosa y afecta a todas las edades, aunque lo cierto es que se trata de una afección leve y su recuperación es rápida, durando aproximadamente una o dos semanas.

El comienzo del curso escolar suele ser el que marca la temporada de los catarros, puesto que los niños, al estar en continuo contacto con otros menores, tienen más posibilidades de contagiarse, trayéndose los gérmenes a casa. Con el objetivo de evitar caer en las redes de estos virus, los otorrinolaringólogos recomiendan seguir una serie de pautas o consejos:

  • Uno de los más importantes es el de lavarse las manos con jabón. Parece obvio, pero no debe olvidarse. Las personas están a menudo tocando cosas, animales, alimentos, dinero, van al baño, etc., por lo que están expuestas a multitud de microorganismos y gérmenes que no se ven, pero que pueden causar enfermedades. De hecho, tal y como indican en la organización Lavado de Manos, son más de 200 las patologías que pueden contagiarse a través de las manos, si éstas no están limpias, como la gripe A, neumonía, bronquiolitis, tosferina o el resfriado común.
  • Es necesario utilizar siempre pañuelos desechables, taparse con ellos la boca al estornudar, para impedir esparcir los microbios; evitar el contacto con otras personas enfermas y no tocarse la cara, puesto que la nariz, los ojos y la boca son las partes del cuerpo más sensibles para la entrada de organismos nocivos.
  • Cuidado con los espacios cerrados. Son lugares en los que suele haber mucha gente, por lo que la posibilidad de contagio es mayor. Lo mejor es permanecer en lugares abiertos o bien ventilados, aunque evitando los cambios bruscos de temperatura, protegiéndose del frío. También debe airearse las habitaciones de la casa.
  • Recargar la vitamina D. Al exponerse al sol, las personas producen en su cuerpo esta vitamina, algo que no ocurre con tanta frecuencia en otoño e invierno, debido al menor número de horas de luz. Por ello, es importante buscar ese aporte en alimentos como los pescados azules, los champiñones o el queso. Además, cuidando una alimentación rica en vegetales, omega 3 y productos naturales, así como aquellos que tienen propiedades antibióticas, como la cebolla o el ajo, se protegerá al sistema inmune de cualquier infección.
  • Evita el estrés. Los nervios y los estados de ansiedad y estrés pueden contribuir a que el sistema inmunológico se debilite, bajen las defensas y, por tanto, haya vía libre para la entrada de infecciones. Por tanto, es importante el descanso, estar relajado y dormir entre siete u ocho horas, así como realizar ejercicio físico de forma habitual.
  • No automedicarse. Según el estudio “Percepción y hábitos de la población española en torno al resfriado y gripe”, avalado por la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN), más de la mitad de los españoles se automedica (un 55%). Hay que recordar que los antibióticos se utilizan para acabar con las bacterias, no con los virus, y su uso indebido provoca que el organismo se haga resistente a ellos.
  • Evitar el alcohol y el tabaco. Ambos debilitan el sistema inmune, lo que hace que haya más posibilidades de resfriarse. Además, si ya se tiene el catarro y se sigue fumando, este agrava aún más los síntomas, puesto que resecan las vías respiratorias y puede inflamarse la garganta.

Estas pautas pueden evitar el contagio, aunque es difícil no caer en un resfriado en esta época. En cualquier caso, cuando se padece un catarro, es importante saber que no existe ninguna vacuna efectiva ni tratamiento etiológico, salvo el uso de analgésicos que ayudan a controlar los síntomas.

 

La apnea del sueño incrementa el riesgo de accidentes de tráfico

La apnea del sueño incrementa el riesgo de accidentes de tráfico

El síndrome de apnea del sueño (SAOS) incrementa el riesgo de sufrir accidentes de tráfico. De hecho, según la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (SEORL-CCC), las personas que lo sufren tienen hasta tres veces más accidentes que la población normal y hasta 11 veces más, si toman una mínima cantidad de alcohol. Es por eso que la SEORL advierte de la importancia de identificar a los pacientes que sufren esta patología e iniciar el tratamiento correspondiente para evitar los accidentes mortales o incapacitantes, de los que el SAOS es responsable en un 17%.

Entre un 5 y un 7% de los accidentes de tráfico están relacionados con el SAOS. La mayoría tienen lugar durante los primeros 30 minutos de conducción, con más frecuencia durante la noche o a primeras horas de la tarde debido al ciclo circadiano del sueño. Además suelen producirse en situaciones inexplicables: conductores sin acompañante, salidas de la carretera en recta con completa visibilidad, sin marcas de frenada, choques frontales, etc.

El SAOS afecta a entre un 4 y un 6% de los hombres y un 2-3% de las mujeres, es decir, que hasta 2 millones de españoles pueden padecerla según datos de la SEORL. Sin embargo, solo entre el 5 y el 9% de los casos está diagnosticado. Se caracteriza por la presencia de episodios repetidos de obstrucción de la vía respiratoria superior durante el sueño. El síntoma más frecuente es la somnolencia diurna que suele causar falta de reflejos y disminución de la capacidad de concentración y del tiempo de reacción. A su vez, estos aspectos van a favorecer errores de seguimiento de la trayectoria en carretera y en el control de la velocidad, sobre todo en situaciones más monótonas como los atascos o viajes en autopista. Otros síntomas que pueden aparecer son los ronquidos, cefaleas, sensación de sueño no reparador y cansancio crónico, trastornos de la conducta y la personalidad, despertares frecuentes, insomnio, entre otros.

El abordaje de este síndrome es multidisciplinar. El papel del otorrinolaringólogo es fundamental pues posee un amplio conocimiento y experiencia en el manejo de la anatomía implicada en la obstrucción respiratoria causante y, por tanto, ayudará a indicar el mejor tratamiento a seguir y por tanto conseguir resultados que permitan mejorar la calidad de vida de los pacientes.

La parálisis facial, más frecuente en jóvenes

La parálisis facial, más frecuente en jóvenes

Más de 40 músculos tiene el ser humano en la cara y, todos ellos, son los responsables de las expresiones del rostro que se realizan a lo largo del día. Para que esto suceda, es necesario el trabajo del nervio facial, que lleva las órdenes neuronales para mover esa musculatura. Pero si esa señal no llega, ocurre lo que se denomina parálisis facial.

Se trata de una lesión del nervio facial que ocasiona la pérdida total o parcial del movimiento muscular voluntario de la cara. La más frecuente es la periférica idiopática o parálisis de Bell, y puede aparecer a cualquier edad, siendo más frecuente en jóvenes, afectando por igual a hombres y mujeres. Esta afección se manifiesta por la incapacidad de cerrar el ojo o levantar la ceja, problemas al sonreír, dificultad para comer o beber o alteraciones en el habla. Otros síntomas que pueden aparecer son dolores de oído o de cabeza, babeo, sequedad en la boca, sensibilidad al sonido y una dificultad en el parpadeo con la consecuente disminución del lagrimeo, lo que es probable que derive en conjuntivitis o úlceras corneales.

Lo habitual es que la parálisis afecte a sólo uno de los dos lados de la cara, y su origen es, en la mayoría de los casos, desconocido. El más común parece ser el de una infección vírica, por ejemplo, el herpes simple o el virus herpes zoster. En estos casos, se cree que el nervio facial se inflama como reacción a la infección. Otras causas que pueden derivar en esta patología son tumores, infartos, la enfermedad de Lyme, afecciones como la sarcoidosis o malformaciones vasculares cerebrales, al igual que los traumatismos craneales con fractura del hueso temporal.

El diagnóstico se basa, en primer lugar, en una revisión del aspecto facial deformado y la incapacidad de mover los músculos del lado afectado del rostro. Se pueden realizar determinadas pruebas, como un electromiograma para comprobar la gravedad de la lesión, su pronóstico y la velocidad de regeneración nerviosa, o un estudio radiológico con el TAC o la resonancia magnética, para descartar la presencia de tumores o fracturas craneales.

El tratamiento más común es el uso de corticosteroides, es decir, que reducen la inflamación en torno al nervio facial y evitan su mal funcionamiento, del mismo modo que también ayudan a disminuir la intensidad del dolor en caso de que ocurra. No obstante su uso ha sido motivo de controversia entre especialistas quirúrgicos y no quirúrgicos ya que entre el 73% y el 84% de los pacientes se recupera en poco tiempo, con o sin terapia, por lo que muchos expertos recomiendan no tratarse. Sin embargo, los corticosteroides administrados durante la primera semana después del inicio de la parálisis, así como sesiones de fisioterapia, parecen mejorar el curso de la enfermedad.

Por otro lado, es beneficioso que se proteja el ojo afectado con el uso de gafas, lágrimas artificiales, parches o pomadas protectoras, con el fin de que éste no se reseque y pueda sufrir daños conjuntivales o corneales. Aquellas personas con parálisis que no han tenido una recuperación espontánea a medio o largo plazo, y que tampoco han mejorado con técnicas de rehabilitación facial, son candidatos a optar por un tratamiento quirúrgico. Esta cirugía consiste en la reparación del nervio facial o su función mediante reconstrucciones musculares.

En general, el pronóstico es bueno. Aproximadamente el 85% de los pacientes comienza a demostrar algún grado de recuperación de la movilidad en la cara a las tres semanas de producirse la parálisis, aunque hasta el año no se restablecerá. No obstante, cuanto más tiempo se tarde en recuperar la función facial, más probabilidad existe de que queden secuelas o fallos en la regeneración nerviosa.

 

La tos crónica puede esconder una enfermedad grave

La tos crónica puede esconder una enfermedad grave

Uno de los motivos por el que se acude de forma frecuente al médico es la tos, tanto en Atención Primaria como en consultas de otorrinolaringología. Es uno de los principales mecanismos de defensa que poseen las vías respiratorias como protección frente a partículas extrañas que irritan los pulmones, como el humo. Lo común es que estos episodios sean de corta duración, acompañando a un resfriado, sin presentar ninguna otra complicación importante y remitiendo a los pocos días. Sin embargo, cuando estos se alargan en el tiempo, sí se considera un problema de salud y, pese a no ser una enfermedad en sí misma, puede afectar y mucho a la calidad de vida de una persona.

Cuando dura más de ocho semanas, se denomina tos crónica, y persiste a pesar de las terapias aplicadas, pudiendo dar lugar a trastornos orgánicos secundarios, como un cambio en el ritmo del sueño o un síncope. No obstante, muchos pacientes piensan que es debido a un catarro “mal curado”, la contaminación de las ciudades o el humo del tabaco, y no se le da la importancia que debiera, cuando puede ser un signo de una patología más grave, como la tuberculosis o enfermedades como la fibrosis pulmonar. Cierto es que una de las causas más frecuentes es el tabaquismo, pero no la única: también se da por asma o alergias, el síndrome de goteo postnasal o el reflujo gastroesofágico. E incluso, una vez descartadas las causas más frecuentes, esta afectación se puede asociar a un trastorno neurosensorial del nervio laríngeo superior.

Asimismo, la bronquitis crónica ocasiona una tos con expectoración coloreada. La mayoría de los que padecen esta inflamación son o fueron fumadores. Además, determinadas infecciones, como la neumonía, la gripe u otras afecciones de las vías respiratorias superiores derivan en tos crónica, al igual que algunos fármacos. Es el caso de los inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (IECA), que suelen recetarse para regular la presión arterial alta y la insuficiencia cardíaca.

El principal síntoma es la tos en sí misma, pero también aparece cosquilleo permanente e irritación en el pecho y la garganta, ardores, ronquera, gusto extraño en la boca o incontinencia, entre otros. Es habitual que esta situación provoque en la persona con tos crónica la sensación de molestar de forma constante a los demás durante actividades sociales como ir al cine o a un restaurante. Algo que, si se prolonga, puede derivar incluso en ansiedad o depresión.

A pesar de ser algo muy común, muchos son los pacientes que se encuentran con problemas a la hora de recibir un diagnóstico, ya que la tos crónica puede deberse a numerosos factores. Para empezar, es importante descartar cualquier patología importante. Después, es necesario analizar los síntomas y el motivo que los provoca, para profundizar en esa línea, ya sea un fármaco, alergias o alguna infección, para lo que se realizarán pruebas como radiografías de tórax o espirometría.

En cualquier caso, si se percibe dificultad al respirar o al tragar, ronchas o hinchazón en la cara, pérdida de peso involuntaria o sudores fríos, tos durante más de dos semanas, fiebre, expectoración con sangre o flemas, entre otros, es importante acudir al otorrinolaringólogo para que se realicen los exámenes pertinentes, se descarten posibles enfermedades y se establezca el tratamiento adecuado.

El reconocimiento médico previo, obligatorio para un buceo seguro

El reconocimiento médico previo, obligatorio para un buceo seguro

La realización de un reconocimiento médico previo es obligatoria de manera legal cada dos años para garantizar un buceo seguro este verano y sin riesgo de accidentes. Así lo asegura la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (SEORL-CCC), que recuerda que esta recomendación debe aplicarse a todos los buceadores pero, en especial, a aquellos que vayan a ponerlo en práctica por primera vez en estas fechas.

El reconocimiento médico que otorga el certificado sobre las condiciones de salud del buceador debe ser realizado por un médico titulado en medicina subacuática o hiperbárica. En este sentido el otorrinolaringólogo es quien mejor puede ayudar a detectar y tratar aquellos problemas que aparecen con mayor frecuencia durante la práctica del buceo: barotraumas o problemas de compensación. Consiste en pruebas para valorar la capacidad de compensación de los oídos y descartar la patología nasosinusal, así como la realización de un electrocardiograma y espirometría para evaluar la función cardíaca y pulmonar. Por otro lado, será necesario mantener el equipo de buceo en buenas condiciones, bucear siempre acompañado, practicar las destrezas que permitan resolver problemas debajo del agua y, si se tiene poca experiencia, acudir a un centro profesional para recibir asesoramiento y compañía durante las inmersiones.

Un estudio realizado en Australia y publicado en Diving and Hyperbaric Medicine concluye que los buceadores necesitan estar bien informados sobre el impacto que pueden tener sus condiciones médicas para la seguridad del buceo y deben monitorear su estado de salud, sobre todo a medida que envejecen. Sin embargo, no todos los buceadores se realizan el examen médico y creen que están sanos, lo que puede suponer un riesgo para su salud, ya que con las pruebas de aptitud se pueden detectar patologías asintomáticas y que ellos no conocen, o incluso orientarles sobre el impacto que pueden tener las enfermedades que ya tienen diagnosticadas.

La mayoría de los accidentes que se producen durante la práctica del buceo se deben a accidentes cardiovasculares que conducen al ahogamiento y muchos de ellos se podrían prevenir si existiera un reconocimiento previo por parte de profesionales sanitarios con experiencia. Además, otros trastornos frecuentes son los problemas de compensación, el barotrauma de oído o senos paranasales. El barotrauma es un daño que se produce en determinadas cavidades aéreas, como los oídos o los senos paranasales, como consecuencia de los cambios de presión al sumergirse.

Las contraindicaciones que impiden bucear en todos los casos son, entre otras: epilepsia, los episodios de pérdida de conocimiento repetidos, el neumotórax espontáneo, quistes y bullas pulmonares. Además, en caso de diabetes, hipertensión, asma o una cirugía de oídos, habrá que evaluar cada caso puesto que habrá algunos en los que esté contraindicado o haya que seguir recomendaciones para que puedan bucear. Por otro lado, si existe inflamación de las vías respiratorias por un catarro, alergia, otitis o sinusitis, los oídos y los senos paranasales no estarán en condiciones óptimas para soportar los cambios de presión debidos al buceo y se incrementarán los riesgos de presentar lesiones, como el barotrauma.

El yodo, indispensable para prevenir la aparición de bocio

El yodo, indispensable para prevenir la aparición de bocio

La tiroides es una glándula endocrina que tiene una importante función en la salud. A través de la secreción de sus hormonas, contribuye a que todos los órganos funcionen correctamente, ya que controla y regula funciones metabólicas, del crecimiento, reproductivas…, etc. Cuando esta glándula incrementa su tamaño, se produce lo que se conoce como bocio, una de las alteraciones más comunes de la tiroides. Este aumento es, a menudo, visible y palpable, aunque no todos los tipos tienen el mismo tamaño. De hecho, existen varios grados, que van desde el grado 0 o ausencia de bocio, hasta grado 4 o bocio gigante.

Una de las causas más importantes de esta afección es la deficiencia de yodo, nutriente esencial en el organismo para producir la hormona tiroidea. Otras veces, se trata de factores ambientales externos, como ciertos medicamentos, el tabaco o algunas infecciones. También, algunas enfermedades provocan bocio, como la de Graves-Basedow, la tiroiditis de Hashimoto o también los casos de hipertiroidismo.

Es bastante habitual que la gente que padece esta patología no presente ningún síntoma más que hinchazón en la zona del cuello donde se encuentra la glándula tiroidea. No obstante, se pueden dar otros signos, como la dificultad al respirar o tragar, tos irritativa, ronquera, dolor, etc., aunque estas manifestaciones no son muy frecuentes.

En cuanto al tratamiento, todo depende de la evolución del bocio, las causas que lo originaron y los síntomas. Normalmente, el otorrinolaringólogo realiza un seguimiento al paciente para controlar si aumenta o disminuye de tamaño. En otras ocasiones, se utiliza yodo, en caso de carencia de esta sustancia, o el reemplazo de la hormona tiroidea con levotiroxina, para los casos de hipotiroidismo, que puede reducir el tamaño de la afección. Para el hipertiroidismo, son necesarios medicamentos para normalizar los niveles hormonales. Los especialistas rara vez recurren a la cirugía para extirpar la glándula o una parte de ésta, a no ser que esté tan inflamada que provoque en el paciente problemas respiratorios, dificultad al tragar, o signos que puedan sugerir la malignización de la misma (cáncer de tiroides).

Para prevenir la aparición de bocio, es necesario llevar una dieta adecuada en la que se incluya el yodo. Según la Organización Mundial de la Salud, la cantidad diaria recomendada de este mineral está en torno los 150 microgramos. En el caso de las embarazadas o que estén en periodo de lactancia, aconsejan aumentar la ingesta hasta los 200 microgramos al día, puesto que las mujeres en gestación son más propensas a padecer esta patología. Los alimentos ricos en esta sustancia son el pescado, la leche o la sal yodada, que funciona igual que la común y puede usarse de la misma forma y en las mismas cantidades.